
Como los movimientos del tiburón se volvían cada vez más abiertamente peligrosos, envió seudópodos para explorar aquella horrible forma cubierta por una áspera piel y en seguida descubrió las cinco aberturas de las branquias colocadas a cada lado de su cuello. Era suficiente. No siguió investigando; se movió con pericia y precisión, frutos de una larga experiencia.
El Cazador era un metazoario —un ser multicelular, como un pájaro o un hombre— a pesar de su aparente falta de estructura. Las células individuales de su cuerpo, sin embargo, eran mucho más pequeñas que en la mayoría de los seres terrestres, si se compara su tamaño con las grandes moléculas de proteína. Era capaz de construir con sus propios tejidos un miembro completo, con músculos y nervios sensoriales, de estructura tan fina que pudiera introducirse a través de los capilares de otro ser, sin interferir seriamente su sistema circulatorio. En consecuencia, le resultaba sencillo infiltrarse dentro del cuerpo relativamente grande del tiburón.
Evitando, por el momento, los nervios y los canales sanguíneos, se introdujo entre las vísceras y los intersticios musculares que pudo localizar. El tiburón se tranquilizó inmediatamente cuando esa cosa que se hallaba en su boca y en su cuerpo dejó de enviar mensajes sensoriales a su diminuto cerebro; su memoria, para el caso, era nula. Una feliz penetración en el cuerpo elegido significaba, para el Cazador, sólo el comienzo de un período de complicada actividad.
Lo primero y más importante era el oxígeno. Había, en las células superficiales de su cuerpo, una cantidad suficiente del precioso elemento que le alcanzaría al menos para unos minutos de vida, pero siempre podría obtenerlo del cuerpo de otro ser que también consumiera oxígeno; y el Cazador envió rápidamente unos apéndices ultramicroscópicos que, al ubicarse entre las células constituyentes de las paredes de los vasos sanguíneos, comenzaron a despojar a las arterias de su preciosa carga.
