
En segundo lugar, necesitaba ver. Era muy probable que su anfitrión poseyera ojos; con su provisión de oxígeno asegurada, el Cazador comenzó buscarlos. Hubiera podido enviar una cantidad suficiente de su cuerpo a través de la piel del tiburón para construir un órgano de visión, pero no hubiera podido evitar la reacción del pez ante un acto semejante y, además, unos lentes ópticos ya construidos serían posiblemente mejores que los que él mismo podía fabricar.
Tuvo que interrumpir la búsqueda poco después. Según sus deducciones, el choque había ocurrido en una zona bastante cercana al continente; el encuentro con el tiburón se produjo en aguas poco profundas. Los tiburones no son particularmente afectos a los movimientos; resultaba difícil comprender por qué éste se hallaba tan próximo a la rompiente. Durante la lucha, el Cazador y el monstruo se habían ido acercando a la costa; cuando el tiburón dejó de sentirse molestado por el intruso, trató de regresar a la parte honda. La frenética y constante actividad desarrollada por el pez después que se hubo establecido el sistema-hurto de oxígeno, desencadenó una serie de hechos que ocuparon su atención.
El aparato respiratorio de un pez funciona en condiciones precarias. El oxígeno disuelto en el agua es poco concentrado y un ser acuático, por poderoso y activo que sea, nunca consigue acumular una gran reserva del gas.
