
Caroline era demasiado joven para darse cuenta de que Cassandra se estaba muriendo, pero ahora ella lo cuidaba como el último regalo de su madre. Pero no importaba lo sola y triste que se sentía (y los últimos diez años de su vida había tenido muchas razones para sentirse sola y triste), Caroline sólo miraba al cielo para tener un momento de paz. Si una estrella brillaba ella se sentía a salvo y reanimada. Es posible que no se sintiera igual que cuando era pequeñita y estaba sobre el regazo de su madre, pero al menos las estrellas le daban esperanza, si aguantaban, ella también podría aguantar.
Hizo una última inspección para cerciorarse que no se dejaba nada, echó unas pocas velas de sebo en su bolsa por si las necesitara y salió precipitadamente. La casa estaba tranquila, ya que a todos los sirvientes les habían dado la noche libre, probablemente, porque así no habría testigos cuando Percy la agrediera. Era la obligación de Oliver pensar por adelantado. A Caroline sólo la sorprendía que no hubiera intentado antes ésta táctica. Debió haber pensado en un principio que conseguiría casarla con Percy sin recurrir a la fuerza. Ahora que se aproximaba su cumpleaños, su desesperación iba en aumento.
Y así discurría la vida de Caroline, si se casaba con Percy moriría, y le daba igual lo melodramático que eso sonaba, lo único que podía ser peor que verle cada día durante el resto de su vida sería tener que escucharlo cada día durante el resto de su vida.
Ya se marchaba atravesando el vestíbulo que llevaba a la puerta principal, cuando observó el nuevo candelabro de Oliver majestuosamente colocado en la mesa que había al lado. Se había estado jactando toda la semana de esa pieza de plata auténtica, como él decía, la más fina artesanía, Caroline emitió un gruñido; Oliver nunca habría podido conseguir candelabros de plata autentica, antes de que le nombraran su tutor.
