– Y me devuelvas el dinero – le recordó él.

– Y te devuelva el dinero, con intereses – añadió ella antes de que él lo hiciera.

– Vale.

– Por otro lado – dijo, principalmente para sí misma – Es posible que haya un modo de llevar mis asuntos sin encontrarme de nuevo con los Prewitt. Podría hacerlo todo a través de un abogado y…

– Sería incluso mejor – la interrumpió Percy.


Caroline soltó un gran alarido muy enfadada, se despidió y salió de la habitación. Percy nunca cambiaría, era maleducado, egoísta, incluso aunque fuera dudosamente más agradable que su querido padre todavía sería un patán grosero.


Salió corriendo por el pasillo oscuro y subió volando las escaleras hasta su habitación. Era gracioso que sus tutores siempre le dejaran la habitación en los áticos. Oliver había sido el peor de todos, relegándola a un rincón polvoriento con techos bajos y aleros profundos. Pero si lo que él quería era cambiar su carácter, se equivocó. Caroline amaba su acogedora habitación. Estaba más cerca del cielo, podía oír la lluvia contra el techo y podía ver las ramas de los árboles brotar en primavera. Los pájaros anidaban por fuera de su ventana y de vez en cuando, las ardillas correteaban por su alféizar.


Tan pronto metió sus más preciadas pertenencias dentro de una bolsa, se paró a echar un vistazo por fuera de la ventana. Era un día despejado y ahora el cielo estaba extraordinariamente claro. De algún modo, era de esperar que ésta sería una noche plagada de estrellas. Caroline tenía pocos recuerdos de su madre, pero ella podía recordar cuando se sentaba sobre su regazo en las noches de verano, mirando fijamente las estrellas.

– Mira esa – susurraba Cassandra Trent – creo que es la más brillante del cielo, y mira allí, puedes ver el oso?.

Sus paseos siempre terminaban cuando Cassandra decía

– Cada estrella es especial ¿Lo sabías? Creo que a veces todas parecen la misma, pero cada una es especial y diferente, como tú. Tu eres la muchacha más especial del mundo, nunca lo olvides.



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