
– ¡Silencio!
Ella cerró su boca.
Blake la estudió durante unos minutos. Algo en ella no estaba bien, Carlotta De León era española… bueno, medio española por lo menos, y esta chica parecía inglesa por los cuatro costados; su pelo no podía decirse que fuera rubio, pero desde luego tenía un matiz claro de marrón, e incluso en la noche oscura pudo ver que sus ojos eran de un claro verde-azul.
Sin mencionar su voz, que tenía cierto deje con el acento inglés de la nobleza británica, pero él la había visto salir a hurtadillas de la casa de Oliver Prewitt, a altas horas de la noche, con todos los sirvientes de permiso; tenía que ser Carlotta De León, no había otra explicación.
Blake y el Ministerio de Defensa, en el que no estaba precisamente trabajando, pero le habían dado ordenes en referencia a una letra de cambio inusual, de un banco que había estado buscando a Oliver Prewitt durante aproximadamente seis meses. Las autoridades locales sabían desde hacía tiempo que Prewitt, hacía un importante contrabando desde Francia, pero había sido recientemente, que empezaron a sospechar sobre el enredo que les permitía a los espías de Napoleón usar su pequeño barco para llevar mensajes diplomáticos secretos junto con su carga habitual de coñac y seda; desde que el barco de Prewitt navegaba desde una cala pequeña al sur de la costa entre Portsmouth y Bournemouth, el Ministerio de Defensa al principio no le habían prestado mucha atención; la mayoría de los espías hacían sus travesías desde Kent, que estaba mucho más cerca de Francia. La aparentemente inconveniente ubicación de Prewitt, había sido una excelente estratagema, y el Ministerio de Defensa temía que las fuerzas de Napoleón la habían estado usando para sus mensajes más delicados; hacía un mes que habían descubierto que el contacto de Prewitt era Carlotta De León, medio española, medio inglesa y cien por cien letal.
Blake había
