
– ¿No me dejara escapar?
Blake la miró fijamente, irritado por la confusión. ¿Cuál era su juego?
– ¿Cree que soy idiota? – escupió.
– No – dijo ella – Acabo de huir de una guarida de idiotas, estoy bien familiarizada con esa raza, y usted es algo más que eso. De cualquier manera, espero que no sea un buen tirador.
– Yo nunca fallo.
Ella suspiró
– Si, me estoy asustando mucho; mire como estoy, ¿Le molesta si me echo hacia atrás?
Él movió el arma menos de una pulgada, lo suficiente para recordarle que le estaba apuntando al corazón.
– En este momento, creo que prefiero su postura en el suelo.
– Presiento qué es lo que preferiría – murmuró – no creo que me deje seguir mi camino.
Su respuesta fue una risa perruna.
– Me temo que no, mi amor, sus días como espía han terminado.
– ¿Mis días como qué?
– El gobierno Británico sabe todo sobre usted y sobre sus maquinaciones de traición, señorita Carlotta De León, creo que se dará cuenta de que nosotros no miramos muy amablemente a los espías españoles.
Su cara era un cuadro perfecto de incredulidad.
– ¡Dios! Menuda era esa mujer, ¿El gobernador me conoce? – preguntó, – espere un momento ¿Conoce a quién?
– No se hagas la estúpida, señorita De León, su inteligencia es bien conocida aquí y en todo el continente.
– Ese es un piropo muy bonito, seguro, pero me temo que ha habido un error.
– No hay error. La vi cuando abandonaba Prewitt Hall.
– Sí, por supuesto, pero…
– Por la noche… – continuó – con todos los sirvientes de permiso, ¿no se dio cuenta que estuvimos vigilando la casa, verdad?
– No, no, por supuesto, no me di cuenta. – respondió Caroline parpadeando furiosamente. ¿Alguien había estado vigilando la casa? ¿Cómo no lo había notado? – ¿Durante cuanto tiempo?
– Dos semanas.
Esto tenía explicación, había estado en Bath durante los últimos quince días, atendiendo a la solterona y enfermiza tía de Oliver, y acababa de regresar esta tarde.
