– Que fastidio tu padre – se agachó – éste es su defecto, si no hubiera estado tan obsesionado con pescarte una heredera…

Oliver Prewitt era el tutor de Caroline, o al menos lo sería durante las próximas seis semanas, hasta que cumpliera veintiún años. Había estado contando los días que le faltaban hasta el 14 de Agosto de 1814, desde el 14 de Agosto de 1813, cuando cumplió los veinte. Sólo faltaban cuarenta y dos días, cuarenta y dos días y por fin tendría el control de su vida y de su fortuna. Nunca quiso saber cuanto se habían gastado los Prewitt de su herencia.

Tiró el arma encima de la cama, colocó las manos sobre sus caderas y miró fijamente a Percy.


Y entonces… los ojos de él se abrieron.

– ¡Ahhhhhh! – Caroline soltó un fuerte chillido, pegó un salto y cogió su arma.

– Tú b… – Comenzó Percy.

– No digas nada – le advirtió – todavía tengo un arma.

– No deberías usarla – dijo con un grito sofocado, tosiendo y asiendo su hombro ensangrentado.

– ¡¡Perdone usted!! Pero las evidencias parecen indicar otra cosa.

Los delgados labios de Percy se cerraron fuertemente en una línea recta. Maldijo violentamente, y entonces dirigió su furiosa mirada hacia Caroline.

– Le dije a mi padre que no quería casarme contigo -, silbó, – ¡¡Dios!! ¿Te lo imaginas? ¿Pasar contigo el resto de mi vida? Me volvería loco, si no me matas primero, claro.

– Si no querías casarte conmigo no deberías haber intentado forzarme.


Él encogió los hombros, entonces aulló cuando el movimiento le produjo un chispazo de dolor en su hombro. La miró bastante furioso y le dijo

– Tu tienes dinero, pero, ¿sabes?, creo que no lo vales.

– Amablemente, se lo dije a tu padre – contestó bruscamente.

– Dijo que me desheredaría si no me casaba contigo.

– ¿Y no pudiste hacerle frente, por una vez en tu patética vida?



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