
Percy gruñó al ser llamado patético, pero en sus débiles condiciones, no estaba en situación de reaccionar.
– Podría ir a América – murmuró – seguramente los salvajes tienen que ser mejor opción que tú.
Caroline no le hizo caso. Percy y ella habían sido extraños desde que Caroline se había ido a vivir con los Prewitt un año y medio antes. Percy siempre estuvo bastante dominado por su padre y la única vez que mostró algún valor fue cuando Oliver abandonó su casa. Desgraciadamente, su valor era normalmente mezquino, pequeño, y en opinión de Caroline, bastante débil.
– Supongo que tendré que salvarte ahora – ella se quejó – Puedes estar segura de que no irás a la horca.
– Eres demasiado amable.
Caroline sacudió una almohada, y la sacó de su funda, dobló la prenda, notando la buena calidad del lino, probablemente comprada con su dinero, y presionó con ella sobre la herida de Percy.
– Tenemos que parar la hemorragia – dijo.
– Parece que disminuye ahora – admitió Percy.
– ¿La bala te atravesó totalmente?
– No lo sé. Duele como el demonio pero no sé si duele más porque me atravesó o porque se quedó encajada en el músculo.
– Imagino que ambas cosas son bastante dolorosas, – dijo Caroline levantando la funda que había usado y examinando la herida. Le dio la vuelta suavemente y miró su espalda.
– Creo que te atravesó, tienes un agujero detrás del hombro también.
– Ten en cuenta que me has herido por dos veces.
– Me atrajiste a tu habitación fingiendo que necesitabas una taza de té para calmar tu resfriado – contestó bruscamente, – y entonces intentaste violarme! ¿Qué esperabas?
– ¿Por qué demonios llevabas un arma?
– Siempre la llevo – contestó – La tengo desde… bueno, no te importa.
– Yo no iría disparando con ella. – murmuró.
– ¿Cómo es que me lo imaginaba?
