– Dudo que ella lo vea de esa manera.

– Tal vez no.

– Jamás imaginé que pudieras ser tan malvada. -Yo tampoco -dijo Philippa con picardía-. La verdad es que me gusta.

– Pero debes ser muy cuidadosa, no sea que la reina descubra tus travesuras -dijo Cecily, mirando a su alrededor por si alguien las escuchaba, algo muy improbable, pues se hallaban en un rincón alejado de la antecámara de la reina.

– No te preocupes. Nadie se dará cuenta. Quizás empiece a flirtear esta misma noche. El rey nos invitó a un día de campo junto al río durante el crepúsculo. Habrá faroles de papel y, antes de que oscurezca, se disputará un torneo de tiro al blanco. Sir Walter es famoso por su puntería, y yo necesitaré de su ayuda para acertar al blanco.

– ¡Pero si eres una excelente arquera!

– Dudo que él lo sepa. Pero si lo sabe, fingiré que algo entró en mi ojo y arruinó mi puntería.

– Si Millicent se da cuenta, se pondrá furiosa.

– Sí -contestó la maliciosa Philippa-, pero no puede hacer nada porque su compromiso todavía no es oficial. Nadie firmó nada. Créeme; si no, ya nos habríamos enterado. Ella no tiene derecho a regañarlo porque todavía no es su futuro marido. ¡Pobre hombre! Si no fuera tan presumido, hasta sentiría pena por él.

– Pero lo es. Me pregunto si lograrás engatusarlo. ¡Tú no eres nadie, Philippa!

– Es cierto, pero era alguien para el hijo del conde de Renfrew antes de que decidiera tomar los hábitos. Eso es más que suficiente para que sir Walter sienta curiosidad y caiga en la tentación.

Cecily sacudió la cabeza.

– Pienso que Giles hizo muy bien en deshacerse de ti -bromeó.

– Todavía me siento herida. Estoy segura de que su vocación religiosa le apareció hace por lo menos un año. Quizá no tuvo la suficiente valentía ni honestidad para enfrentarme y decirme la verdad. Ahora todo es un desastre.



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