
Cecily abrió grandes sus ojos grises.
– ¡Philippa! ¿Qué estás planeando? Recuerda que debes cuidar tu reputación si quieres conseguir marido. No puedes darte el lujo de actuar de manera precipitada ni de hacer tonterías.
– No te inquietes. Solo me divertiré un poco. Hasta hoy he sido la más casta de las doncellas de la reina, porque le debía toda mi lealtad a Giles. Ahora no tengo que preocuparme por tu hermano ni por nadie. El rey coquetea con la señorita Blount, de modo que sus otros admiradores pasarán a un segundo plano, y aprovecharé el espacio que Elizabeth ha dejado vacante. ¿Por qué no? Yo soy más bonita. He heredado de mi padre gales el maravilloso don del canto que solo he usado en la misa. Además, sé bailar con gracia y elegancia. Tarde o temprano mamá me encontrará un esposo. Como seguro será un caballero del norte, no volveré a pisar la corte nunca más -suspiró con tristeza-. Antes de que la vida matrimonial me ate y me encierre para siempre, pienso divertirme a lo grande, querida amiga.
– ¿Pero te parece bien flirtear con sir Walter Lumley?
– ¿Por qué no? -rió-. No lo haré solo por mí, sino por todas las doncellas que tuvieron que soportar la venenosa lengua de Millicent Langholme y sus viles comentarios durante tres años. Me convertiré en la heroína de las damas de honor de la reina.
– ¿Y si sir Walter decide casarse contigo y no con Millicent? ¿No será lo que en verdad deseas?
– ¡No! Sir Walter jamás se casaría con una mujer como yo, ni en un ataque de lujuria. Como Millicent, es una persona que vive pendiente de su posición en la corte. Jugaré con él sólo para enfurecer y frustrar a su futura prometida. Incluso, tal vez deje que me bese, aunque antes debo asegurarme de que ella se entere, por supuesto. Y después lo abandonaré como si nada y coquetearé con otro caballero. Sir Walter quedará como un idiota y estará muy contento de tener una novia como Millicent Langholme. En realidad, esa arpía debería agradecerme.
