– Bromeas, no hay duda.

Giles sacudió la cabeza.

– Quiero tomar los hábitos, Philippa. Voy a ser sacerdote. Estudié en Roma con el primo del rey, Reginald Pole. Cuando llegué, no era esa mi intención, pero de pronto sentí el llamado divino. No tengo más explicaciones que dar. Es lo que deseo, querida mía, mucho más que casarme con cualquier mujer.

– ¿Cuánto tiempo hace que lo sabes? -inquirió Philippa, aún incrédula. Era ridículo. Completamente absurdo. ¿Giles? ¿Su Giles, convertido en sacerdote? ¡Imposible!

– Mi dulce Philippa, fui a estudiar a Europa; primero a París y luego a Roma. Quería dedicarme a la literatura y a la historia. Quería estudiar, beber y frecuentar burdeles como todos los jóvenes. Y eso hice en París -confesó riendo con picardía. Philippa recordó al viejo Giles, a aquel muchacho de quien se había enamorado hacía ya tanto tiempo, y sintió un fuerte dolor en el pecho-. Pero luego fui a Roma y algo me ocurrió en la antigua ciudad.

– ¿Qué sucedió, Giles? Dime qué te pasó en Roma.

– Todo comenzó con la ciudad misma, tan vieja, tan sagrada. Las voces de los coros de las iglesias flotan en el aire. La luz es dorada y el aire que respiras te purifica. Roma es tan bella que hiere el corazón, Philippa. No sé cómo me di cuenta, pero de pronto comprendí que estaba destinado a permanecer allí para servir a Dios con todo mi ser. Entonces, abandoné la vida frívola y me dediqué por completo a mi nueva vocación. Dios elige a sus servidores, querida. Sólo regresé para comunicarte en persona mi decisión y para recibir la bendición de mis padres. Se sorprendieron tanto como tú, pero me entendieron. De hecho, al comprobar mi genuina devoción por la Santa Madre Iglesia, se sintieron felices.

– Bueno, yo no lo entiendo -dijo bruscamente Philippa, exteriorizando toda su furia-.



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