Ofendida, Philippa retiró la mano y lo abofeteó con todas sus fuerzas.

– No, Giles, no te desearé suerte. Has arruinado mi vida. ¡Te odio! Nunca te perdonaré.

– Te ruego que trates de comprender -insistió él, frotándose la delicada mejilla.

– ¡No! ¿No entiendes lo que me has hecho? Vine a la corte a servir a la reina con la idea de que algún día nos casaríamos. Ahora te rehúsas. ¿Cómo te atreves a hacerme esto? Tengo quince años y estoy lista para casarme. ¿Qué clase de esposo conseguiré, después de haber sido repudiada por un hombre que prefiere a Dios antes que a una mujer de carne y hueso? Seré el hazmerreír de la corte. Todas las bromas maliciosas recaerán en mí hasta que otro tonto caiga en desgracia y sea el nuevo objeto de las burlas palaciegas, y sólo Dios sabe cuándo ocurrirá eso. Si supiste que tu vocación era servir a Dios ya en Roma, ¿por qué entonces no le escribiste a tu padre de inmediato? Así, mi madre habría salido a buscar otro buen partido. ¿Tienes idea de cuán difícil es encontrar la pareja apropiada entre familias como las nuestras? Ni tú ni yo portamos un gran apellido, Giles. Has actuado de una manera horriblemente egoísta. No, no lo entiendo, ni te desearé buena suerte en tu nueva vida. No soy una santa, Giles FitzHugh, aunque es obvio que tú sí aspiras a serlo.

Giles hinchó el pecho con orgullo y repitió con firmeza;

– Siento mucho ser el causante de tu infelicidad, Philippa. Sin embargo, te perdono por la inmadurez de tus sentimientos. Siempre te recordaré con cariño y rezaré por ti.

– ¡Vete al infierno! -le gritó Philippa con ira. Luego, lo empujó, sobre un sendero de rosas damascenas. Hecha una furia, la joven dio media vuelta y partió con la cabeza erguida rumbo al palacio de Greenwich. Giles maldecía por lo bajo entre los rosales tratando de arrancarse las espinas, y no vio que Philippa lloraba de nuevo.



4 из 305