
– ¿Tú quieres ser monja? No, querida Philippa, no. Amas demasiado la vida mundana como para tomar los hábitos. Tendrás que abandonar todas las cosas que tanto adoras: la ropa sofisticada, las joyas y la buena comida. Tendrás que ser obediente. Pobreza, castidad y obediencia son las reglas básicas del convento, y tú jamás podrías ser pobre ni dócil ni casta -aseguró Cecily risueña.
– Sí que podría. Mi tía Julia es monja y también dos hermanas de mi padre. ¿Qué pasará ahora que tu hermano me ha rechazado?
– Tu familia te conseguirá otro marido -opinó con pragmatismo.
– ¡No quiero otro marido! Quiero a Giles. Lo amo, nunca amaré a nadie más. Además, ¿quién querrá exiliarse en Cumbria? Hasta Giles me dijo que la idea de vivir en Friarsgate lo entristecía. Nunca entenderé por qué mi madre ha luchado durante toda su vida por esas malditas tierras. Es más, yo tampoco quiero vivir allí. Estaría demasiado lejos de la corte.
– Ahora lo dices porque estás desilusionada -la consoló Cecily. Luego cambió de tema-: Un mensajero partirá mañana con una carta de mi padre en donde le comunica a tu madre la decisión de Giles. ¿Deseas enviarle una carta?
– Si -contestó con firmeza, y se levantó de su silla-. Le pediré permiso a Su Majestad para retirarme y escribir la carta ya mismo.
Sin mirar atrás, Philippa atravesó la antecámara de la reina. Se parecía mucho a su madre cuando tenía su edad. Tenía un porte esbelto y una cabellera caoba, pero los ojos eran color miel, como los de su padre.
AI acercarse a la reina, le hizo una reverencia y aguardó su permiso para hablar.
– ¿Qué sucede, mi niña? -preguntó Catalina con una sonrisa. -Su Majestad ya estará enterada de mi desgracia, supongo -comenzó Philippa.
– Sí, lo siento mucho.
La muchacha se mordió el labio; estaba a punto de llorar. Se esforzó por contenerse y continuó la conversación.
– Lord FitzHugh enviará un mensajero a mi casa mañana por la mañana. Me gustaría que llevara también una carta mía para mi mamá. Con el permiso de Su Majestad, me retiraré a mis aposentos para redactarla. -Hizo una reverencia, acompañada de una ligera sonrisa.
