– Tienes mi permiso, pequeña. No olvides enviarle a tu madre mis mejores deseos y dile que si podemos colaborar en la búsqueda de un nuevo candidato, lo haremos con gran placer. Aunque sé que a tu madre le gusta resolver las cosas a su manera -dijo la reina recordando viejos tiempos.

– Gracias, Su Majestad.

Philippa volvió a hacer una reverencia y se encaminó deprisa al cuarto de las doncellas donde, si tenía suerte, podría estar sola con sus perturbados pensamientos y concentrarse en escribirle a Rosamund. Pero no fue así. En el dormitorio se encontró con una de las jóvenes que más detestaba, acicalándose para reunirse con las doncellas de la reina.

– ¡Oh, pobre Philippa! -se lamentó con falsa preocupación-. Según me dijeron, el hijo del conde de Renfrew te ha abandonado. ¡Qué pena!

– No necesito tus condolencias, Millicent Langholme. Y, además, preferiría que no te inmiscuyeras en este asunto -respondió furiosa.

– Tu madre tendrá algunas dificultades para encontrarte un marido decente. ¿Es cierto que Giles FitzHugh quiere ser sacerdote? Jamás lo hubiese imaginado de un hombre como él. Seguro que lo hizo para no casarse contigo; es la única explicación posible -dijo con una risita ahogada. Luego acarició sus faldas de terciopelo y se arregló con cuidado la cofia.

Philippa nunca deseó tanto darle un golpe a alguien como en ese momento. Pero su situación ya era muy penosa, y no quería causar otra desgracia a su familia por atacar a una dama de la reina.

– No dudo de la vocación de Giles. Estoy segura de que es sincero. -De pronto, notó que estaba defendiendo al hombre que la había abandonado, cuando, en realidad, deseaba con todas sus fuerzas aporrear hasta el cansancio a ese santurrón-. Más vate que te apresures, Millicent. La reina te está buscando.



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