
Al comprobar que sus maldades no lograban irritar a Philippa, Millicent se retiró sin añadir palabra. La joven heredera abrió el cofre donde guardaba sus pertenencias, tomó la pluma y el tintero y se sentó sobre su cama. Cuando terminó la carta, se la entregó a un paje para que se la diera al mensajero del conde de Renfrew, que partiría a la mañana siguiente.
Unos días más tarde, al leer la misiva de su hija, Rosamund se enfureció.
– Maybel, tráeme la carta de lord FitzHugh. ¡Deprisa! Justo cuando pensaba que estaba todo encarrilado, aparecen nuevas dificultades.
– ¿Qué sucede? -le preguntó Maybel mientras le entregaba la carta-. ¿Qué dice el conde?
– ¡Un momento, por favor! -respondió Rosamund, levantando con delicadeza su mano-. ¡Por el amor de Dios! -Ojeó rápidamente el pergamino y luego lo apartó-. Giles FitzHugh decidió dedicar su vida al sacerdocio. Ya no habrá boda. ¡Pobre diablo! Bueno, la verdad es que nunca me gustó ese muchacho.
Maybel lanzó un chillido escandalizada.
– El conde pide disculpas -continuó la dama de Friarsgate- y dice que siempre considerará a Philippa como una hija. Se ofrece a encontrarle marido. Hay que enviar a alguien a Otterly en busca de Tom. Sigue siendo más hábil que yo para estos asuntos, pese a haber estado alejado de la corte tantos años. ¡Pobre Philippa! Había depositado todas sus esperanzas en ese joven.
– ¡Sacerdote! -se lamentó Maybel-. ¡Un hombre tan apuesto! Es una lástima. Y ahora nuestra pequeña, con quince años ya cumplidos, se siente abandonada y sufre penas de amor. Ese muchacho egoísta debió avisarle antes.
– Estoy de acuerdo contigo. -Tomó de nuevo la carta de su hija y la releyó sin dejar de sacudir la cabeza. Cuando terminó, la colocó junto a la otra-. Philippa dice que no le queda más remedio que convertirse en monja. Quiere que le pregunte al tío Richard si conoce algún buen convento.
