Hacía más de tres años, unos meses después de que inmigrara a Israel, que Boris Tabashnik se presentaba todas las noches a las once menos cuarto en la garita del puesto de vigilancia del moshav, y que desde las once, hora de inicio de su guardia nocturna, cumplía con su deber con gran meticulosidad y responsabilidad. Cada noche comprobaba el interruptor que activaba el portón automático, escudriñaba a conciencia los rostros de los que iban en los coches que entraban y salían, anotaba las matrículas y, sólo después, cuando disminuía el trajín de vehículos, se sentaba en la única silla que había en la garita. Por la noche, a veces unas horas después del inicio de la guardia, hacía su ronda por esa carretera interna del moshav por la que la mujer caminaba noche tras noche, y cuando la terminaba se permitía a sí mismo sentarse a la inestable mesa de madera para trabajar en sus anotaciones. Hacia el amanecer se tomaba un respiro para leer y escribir, para dedicarse al diario que estaba escribiendo y a las traducciones al ruso de la poesía hebrea contemporánea que le publicaban en una sección fija del semanario en ruso Stari.

En ocasiones, al llegar, se encontraba al secretario del moshav, que era quien lo había aceptado para ese trabajo hacía más de tres años con una mezcla de recelo e incomodidad manifiesta -«me han dicho que era usted una persona importante en la Unión Soviética, de la intelligentsia, periodista o algo así», había observado entonces, mientras Boris se encogía de hombros y balbuceaba confuso-, esperándolo junto a la garita con las más diversas excusas. A veces le llevaba el talón del mes para ahorrarle a Boris el paseo a la secretaría por la mañana, y siempre se interesaba por que todo estuviera en orden mientras echaba una mirada por toda la habitación rectangular con evidente curiosidad, como en busca de algún cambio.



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