Al principio, Boris Tabashnik no pensaba que siempre fuera a ganarse la vida con ese empleo de vigilante nocturno. Pero lo que estaba destinado a durar tan sólo unos meses -«hasta que se encuentre otra solución», en palabras de los funcionarios de la Agencia Judía, que le habían explicado lo difícil que era encontrar algo adecuado a un hombre de su edad y talento- resultó ser una cómoda fuente de ingresos fijos que le permitía escribir y traducir, y al mismo tiempo lo liberaba de la dependencia de la revista rusa en la que los distintos miembros de la redacción mantenían unas relaciones retorcidas y agobiantes. El puesto que ocupaba lo obligaba a permanecer despierto durante toda la noche, lo que no le resultaba difícil ya que de cualquier modo solía dormir muy poco por las noches. Excepto por los vehículos que pasaban de vez en cuando, muy escasos ya pasada la medianoche, no había nada que lo molestara. «De momento estoy aquí», se decía a sí mismo en medio de cierta admiración que encerraba no poca satisfacción por lo limitado de su vida exterior, una limitación gracias a la cual, le parecía a él, su vida interior se estaba enriqueciendo en gran manera. A veces se quedaba a la puerta de la garita mirando los campos que se extendían al otro lado del portón, oscuros y enigmáticos en las noches sin luna, insinuantes y amenazadores en las noches en las que aquélla brillaba. Le encantaba seguir los cambios de los tonos del cielo, del soplar del viento, detectar el paso de los pesados sirocos hasta convertirse en un suave frescor, y es que le gustaba ese modo silencioso, aparentemente repentino aunque en realidad hecho de finísimas variaciones de los más leves matices en medio de los cuales el verano se convierte en otoño y el otoño en invierno.



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