
Pensaba en cómo se enriquecería allí su hebreo, una lengua tan anquilosada en su boca, y cómo haría nuevos amigos, a la vez que no creía, a pesar de que lo habían prevenido, que el papel de extranjero que antes le había impuesto su judaísmo se lo iba a imponer ahora su identidad rusa. Aunque no tuvo que pasar mucho tiempo para darse cuenta de que el desprecio y la indiferencia con que lo trataban en la oficina de absorción volvieron a despertar en él la conocida sensación de extranjería y rechazo, eso y el recelo y el desagrado que le manifestaba el tendero del ultramarinos del barrio, un anciano encorvado que incluso un año después de conocerse volvía una y otra vez a contar el dinero que le entregaba Boris mientras repasaba los productos, como quien está convencido de que lo han engañado pero no puede demostrarlo. «Así es como trata a los clientes rusos», le dijeron los miembros de la familia en cuyo apartamento había alquilado un cuarto, porque el hombre había oído que venían de un lugar de gran carencia económica y que lo único que ahora deseaban era resarcirse de ello. Un gran desengaño le produjo también su primer encuentro con la intelectualidad israelí en una fiesta a la que lo había llevado un poeta israelí nativo, un hombre mayor y muy bien considerado cuyos poemas también eran conocidos en la Unión Soviética, donde habían impactado a Boris, quien incluso había traducido algunos de ellos al ruso y les había puesto música. La fiesta había sido organizada para celebrar la publicación de una antología de cuentos de escritores inmigrantes traducidos al hebreo, y Boris, de pie junto a su anfitrión a la entrada de la enorme sala, entre un montón de personas, pudo identificar de inmediato a sus conciudadanos por la forma de permanecer de pie al reunirse y formar un pequeño corro, por la vestimenta de