
Boris Tabashnik había inmigrado a Israel después de muchos años de haber estado soñándolo, y no porque fuera un sionista convencido sino porque, cuanto más mayor se hacía, y especialmente durante los años que había estado en la cárcel, su identidad judía se había ido reafirmando en él, de manera que se fue convenciendo de que ésa era la causa de la sensación de extranjería y desarraigo que experimentaba siempre, aunque fuera una personalidad conocida en San Petersburgo, su lugar de residencia desde estudiante. A pesar de las cosas que había oído acerca de las dificultades por las que pasaban los nuevos inmigrantes de la Unión Soviética que llegaban a Israel, y a pesar también de que sabía que la idea que él tenía sobre la libertad de expresión y la pureza de la existencia no se correspondían con la realidad, se imaginaba a sí mismo encontrando un hogar en Israel y, en ocasiones, hasta contemplaba la casa, es decir, una casita blanca rodeada de jardín bajo un cielo muy azul y muy puro, y a sí mismo a la puerta con una plácida sonrisa, la sonrisa de quien se sabe por fin en su verdadero lugar. Tras su divorcio, y después de que su hijo hubiera formado su propia familia, ya no había nada que pudiera retenerlo. Fueron a recibirlo al aeropuerto representantes de la Agencia Judía y unos viejos amigos que lo habían conocido en la Unión Soviética, por lo que aquella noche estuvo muy emocionado y no renunció a sus esperanzas de comenzar una nueva vida y de tener un futuro completamente abierto. Se esforzó por borrar algunas imágenes que vio ya en el aeropuerto y apartó de su mente el «aguarda, aguarda, que esto no es tan agradable» que oyó de camino a casa de los amigos que lo alojaron durante los primeros días que siguieron a su llegada.
