
Al otro extremo del campo, pasados los últimos puestos, los dos hombres se detuvieron. El más alto consultó su reloj, a pesar de que ambos habían mirado la hora que marcaba el de la iglesia. Hacía más de quince minutos que había pasado la hora del cierre, las siete y media, pero no era probable que, con este frío, alguien se molestara en venir a comprobar que los puestos cumplían con el horario.
– Aliara? -preguntó el más bajo, mirando de soslayo a su compañero.
El alto se quitó los guantes, los dobló y los guardó en el bolsillo izquierdo del abrigo y luego hundió ambas manos en los bolsillos. El otro lo imitó. Los dos llevaban la cabeza cubierta, el alto, con un Borsalino gris oscuro y su compañero, con un gorro de piel con orejeras. Llevaban también pañuelos de lana al cuello y, cuando dejaron atrás las luces del último puesto, se los subieron tapándose las orejas, algo perfectamente natural, con el viento que llegaba del Gran Canal, por la esquina de la iglesia de San Vidal.
El viento les hizo bajar la cabeza y hundirla entre los hombros cuando reanudaron la marcha, siempre con las manos en ¡os bolsillos, para mantenerlas calientes. Unos veinte metros más allá del último puesto, a cada lado de la calle, pequeños grupos de hombres negros y altos extendían en el suelo sábanas que sujetaban con un bolso de mujer en cada punta. Una vez sujetas las sábanas, empezaron a sacar bolsos de formas y tamaños distintos, de grandes bolsas cilindricas que habían depositado a su alrededor.
Aquí, un Prada; un poco más allá, un Gucci; entre los dos, un Louis Vuitton: se codeaban con una promiscuidad que, por regla general, sólo se da en comercios lo bastante grandes como para albergar franquicias de varios diseñadores rivales. Rápidamente, arrodillados o en cuclillas, pero con la soltura de movimientos que da la práctica, los hombres distribuían su mercancía.
