Usando los dedos, el agente-yo se pone a contar uno, dos y hasta trece.

– ¿Trece años? -dice el encargado de pasaportes. Detrás de su cristal, dice-: Sí que eres pequeño para tu edad, ¿no?

El agente-yo dice: uno-tres. Levanta los dedos y repite la palabra: trece.

Sería posible que el puño de hierro del agente-yo generara un estallido enorme, patapum. Que reventara el cristal antibalas. Y atacara con la maniobra Muerte Rápida por Golpe de Cobra para hundirle la tráquea al hombre. Dejándolo muerto fulminado en el acto.

La lengua de agente lame hasta tocar la muela del fondo, la muela donde hay un hueco con cianuro escondido, la lame pero no muerde. Todavía no. La lengua que lame nota la muela húmeda y suave. Trago saliva, cuento en voz alta uno, dos y también con los dedos de la mano hasta seis. Le digo al encargado de pasaportes que voy a ser estudiante de intercambio con una familia-huésped durante seis meses.

El encargado de pasaportes golpea con tinta la página del libro y marca la validez para entrar en país. Le devuelve el pasaporte a este agente. Y dice:

– Bienvenido al mejor país del mundo. -Pulsa un botón, y las puertas abren un camino al interior de Estados Unidos, dándome acceso a la familia-objetivo a cosechar.

Con un solo paso de su pie, el agente-yo va a violar la seguridad del degenerado nido de serpientes americano. La guarida del mal. El cubil de corrupción. La familia-huésped del agente-yo espera, con los brazos-huéspedes doblados para agitar los dedos-huéspedes y llamar la atención de este agente. La familia-huésped grita, con los brazos en alto y meneando los dedos.

Para que conste en acta, el padre-huésped tiene aspecto de enorme vaca jadeante, que expulsa un aliento pútrido de carne sacrificada en el matadero y vocifera soltando tufo a Viagra mientras extiende el brazo para estrechar la mano del agente-yo.



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