
Los compañeros-agentes de misión se aproximan en plena llegada para recoger sus equipajes, las familias-huéspedes objetivos los envuelven con los brazos y dicen: «¡Todos a abrazarse!». La agente Sasha. El agente Vigor. Aceptan agarrar los cordeles de unas pelotas flotantes plateadas que tienen las palabras inglesas: «Bienvenido a Jesús». Otra pelota flotante dice: «¡Sonríe!». Otros paquetes envueltos en papel. Otros agentes están sepultados en gruesas capas de brazos americanos. Todos los americanos intentan en secreto husmear a los agentes, barrerlos con sus ojillos de serpiente en busca de suciedad o de gérmenes de enfermedades extranjeras. Las familias-huéspedes de mis compañeros-agentes se van alejando, caminando a lo lejos hasta que desaparecen por las puertas de aeropuerto hasta sitios donde ya los esperan automóviles. En el margen de la calle de fuera ya resuenan bocinas de coches. Todos los automóviles igual de grandes que casas.
Empieza aquí la fase uno: Operación Estrago.
Los brazos del agente-yo forcejean para ponerse la prenda de tela negra por la cabeza, tiran de la tela hacia abajo para pasarla por los hombros y luego por la cintura hasta que la tela negra queda colgando a la altura de las rodillas y más abajo todavía. El borde de la manga pequeña cuelga sobre los codos. La palabra «Jesús» pende sobre la entrepierna. El cuello del blusón es lo bastante grande como para rodear el cuello y un hombro de este agente.
El padre-vaca jadeante dice:
– Ya la llenarás cuando crezcas. -Dice, con aliento apestoso de flúor-: Ten. -Y me da un trapo de tela fijado parcialmente a la punta de un palo de madera. Una banderita americana del tamaño de una servilleta. Blanca, roja y azul.
