
—Estás seguro de eso, ¿verdad?
—Señor…
—¿Quieres reconsiderarlo? ¿Deseas cambiar tu respuesta?
La voz del examinador se había vuelto tan untuosa que se habría podido utilizar para engrasar los ejes de una carreta.
—No, señor.
—Muy bien.
Teppic se relajó. La parte trasera de su túnica estaba empapada de un sudor helado y la tela se le había empezado a pegar a la espalda.
—Y ahora quiero que vayas hasta la Calle de los Tenedores de Libros obedeciendo todas las señales, sin apresurarte y etcétera, etcétera —dijo Mericet—. Te veré en la habitación que está debajo de la torre del gong en el cruce con el Callejón de las Auditorías. Y… ah, sí, ten la bondad de coger esto.
Le entregó un sobre no muy grande.
Teppic le entregó un recibo. Mericet se introdujo en el charco de sombras que había junto a una chimenea y desapareció.
El examinador nunca había sido muy amante de las ceremonias y las despedidas espectaculares.
Teppic hizo unas cuantas inspiraciones lo más profundas posible y dejó caer el contenido del sobre en la palma de su mano. El sobre contenía un bono del Gremio extendido al portador por valor de diez mil dólares de Ankh-Morpork. Era un documento de lo más impresionante coronado por el capuchón y la daga del sello gremial.
Bueno, ahora ya no podía echarse atrás… Había aceptado el dinero. O sobrevivía, en cuyo caso naturalmente seguiría la tradición y donaría el dinero al fondo para viudas y huérfanos del Gremio, o éste sería recuperado de su cadáver. El bono tenía las esquinas un poco arrugadas, pero Teppic no logró encontrar ninguna mancha de sangre.
Examinó sus cuchillos, se puso bien el cinturón del estoque, echó una rápida mirada a su espalda y empezó a trotar hacia su destino.
