Teppic se consoló pensando que Mericet podría haber escogido un sitio mucho peor. Los rumores que corrían entre los estudiantes afirmaban que sólo había media docena de rutas usadas durante los exámenes, y las noches de verano estaban repletas de estudiantes que se enfrentaban a los tejados, torres, aleros y desagües de la ciudad. La escalada urbana era un deporte por derecho propio que contaba con muchos practicantes en todas las fraternidades estudiantiles; y también era una de las pocas actividades en las que Teppic estaba seguro de poder hacer un buen papel. Había sido capitán del equipo que derrotó a la Casa del Escorpión durante la final de los Juegos de Pared. Y ésta era una de las rutas más sencillas…

Llegó al final del tejado, se dejó caer, aterrizó sobre una cornisa y corrió sin ninguna clase de problemas a lo largo del edificio dormido, saltó la corta distancia que le separaba de las baldosas que cubrían el tejado del gimnasio de la Asociación de Jóvenes Adoradores Reformados de Bel-Shamharoth, Dios de las Viscosidades Purulentas, bajó rápidamente por la pendiente gris, trepó cuatro metros de pared sin reducir la velocidad y se encontró sobre el tejado del Templo de la Ciega Io.

Una luna llena de color anaranjado se cernía sobre el horizonte. Allí arriba soplaba una auténtica brisa, y aunque no tuviera mucha potencia después del calor asfixiante de las calles resultaba tan refrescante como una ducha fría. Teppic apretó el paso disfrutando de la agradable caricia del aire en su cara y saltó del tejado siguiendo una trayectoria calculada con impecable precisión para hacerle caer sobre el tablón que llevaba al otro lado del Callejón de la Tapa de Latón.

Y descubrió que alguien, decidido a desafiar todas las leyes de la probabilidad, se había llevado el tablón.


En momentos así la vida de una persona pasa a toda velocidad por delante de sus ojos…



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