Su tía había llorado de una forma que Teppic encontró más melodramática que otra cosa, quizá porque la conocía muy bien y sabía que la anciana señora era más dura que el empeine de un hipopótamo. Su padre lucía su expresión más adusta y digna —aunque a veces se olvidaba de que debía mantenerla y parecía simplemente distraído—, e intentaba apartar las tentadoras imágenes de riscos y peces que se obstinaban en invadir su mente. Los sirvientes estaban alineados a lo largo del pasillo formando una doble hilera que empezaba al pie de la escalera principal, doncellas del palacio a un lado y eunucos y mayordomos al otro. Las mujeres le saludaron con una reverencia cuando pasó por delante de ellas, lo cual creó un efecto de ondulación sinoidal francamente hermoso que el matemático más genial de todo el Mundodisco habría apreciado si no fuera porque en aquellos momentos estaba muy ocupado dejando que un hombrecillo vestido con lo que parecía un camisón le golpeara con un palo.

—Pero… —La tía de Teppic se sonó la nariz—. Después de todo es un oficio, ¿no?

El padre de Teppic le dio unas palmaditas en la mano.

—Tonterías, flor del desierto —dijo—. Como mínimo es una profesión.

—¿Y dónde está la diferencia? —sollozó la tía de Teppic.

El padre de Teppic suspiró.

—Tengo entendido que en el dinero. Estoy seguro de que le sentará bien. Verá mundo, hará amigos, se pulirá un poco y estará tan ocupado que no tendrá tiempo de hacer travesuras y meterse en líos.

—Pero… El asesinato… Y es tan joven, y nunca ha mostrado ni la más mínima inclinación a… —La tía de Teppic se limpió los ojos con la esquina del pañuelo—. Eso no ha podido heredarlo de nuestro lado de la familia —añadió en un tono considerablemente acusatorio—. Ese cuñado tuyo…

—El tío Virt —dijo el padre de Teppic.

—¡Ir por el mundo matando gente!



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