Pero todo el mundo estaba de acuerdo en que la Escuela de Asesinos ofrecía la mejor educación que se podía encontrar en el mundo. Un asesino cualificado debía sentirse a sus anchas en cualquier ambiente y tenía que ser capaz de tocar por lo menos un instrumento musical. Cualquier persona inhumada por un graduado de la escuela del Gremio podía iniciar su eterno descanso con la satisfacción que proporciona el saber que has sido anulado con todo el buen gusto y la discreción que sólo un profesional está en condiciones de garantizar.

Y, después de todo, si Teppic se quedaba en casa… ¿Qué se le podía ofrecer? Un reino de tres kilómetros y medio de anchura y doscientos cincuenta de longitud que quedaba casi totalmente sumergido durante la estación de las inundaciones, amenazado a un lado y a otro por vecinos mucho más poderosos que toleraban su existencia sólo porque el que estuviera allí les evitaba pasarse la vida guerreando entre ellos.

Oh, sí, hubo un tiempo en el que Djelibeibi

Sus antecesores habían sido unos fanáticos de las pirámides. El faraón no compartía su entusiasmo por ellas. Las pirámides habían terminado provocando la bancarrota del país y lo habían dejado más seco de lo que jamás podría dejarlo un retraso en los desbordamientos del río. La situación había llegado a tales extremos que actualmente la única maldición que podían permitirse el lujo de poner en una tumba era «Largo de aquí».

Las únicas pirámides que le gustaban eran las mini-miniaturas que había al extremo del jardín, ésas cuyo número iba aumentando con cada defunción producida entre los felinos del palacio.

Y también estaba la promesa que le había hecho a la madre del chico.

Artela… La echaba de menos. Su decisión de tomar una esposa nacida fuera del Reino había provocado una conmoción terrible, y algunas de sus costumbres de extranjera resultaban incomprensibles y fascinantes incluso para él. Quizá fuese ella la que le había hecho adquirir aquella extraña aversión a las pirámides; algo que en Djelibeibi resultaba tan poco corriente como tener aversión al respirar. Pero le había prometido que Pteppic estudiaría fuera del reino. Artela había insistido en ello.



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