—En este sitio la gente nunca aprende nada —solía decir—. Se limitan a recordar cosas.

Ah, si hubiera recordado que no debía nadar en el río…

El faraón observó cómo dos sirvientes colocaban el baúl de Teppic en la parte trasera del carruaje y puso una mano sobre el hombro de su hijo en un gesto paternal que carecía de precedentes en la memoria de ambos.

La verdad es que no sabía qué decir. «Nunca hemos dispuesto del tiempo necesario para conocernos el uno al otro —pensó—. Podría haberle dado tantas cosas… Unos cuantos escondites a prueba de registros no le habrían ido nada mal.»

—Esto… —dijo—. Bueno, muchacho…

—¿Sí, padre?

—Es la… eh… la primera vez que estarás fuera sin ir acompañado y…

—No, padre. El verano pasado estuve en casa de Lord Ejemta-jem, ¿no te acuerdas?

Oh, ¿de veras?

El faraón recordaba que el verano pasado el palacio le había parecido más silencioso que de costumbre, pero lo había achacado a los nuevos tapices.

—En fin… —dijo—. Ya casi tienes trece años y…

—Doce, padre —dijo Teppic pacientemente.

—¿Estás seguro?

—Mi cumpleaños fue el mes pasado, padre. Me regalaste un calentador de latón para poner en los pies de la cama.

—¿De veras? Qué regalo tan curioso… ¿Y te dije por qué había escogido regalarte precisamente eso?

—No, padre. —Teppic alzó la cabeza y contempló los apacibles y siempre un poco perplejos rasgos de su padre—. Es un calentador excelente y de muy buena calidad —añadió para tranquilizarle—. Me gusta mucho, y es muy útil en invierno.



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