
Ya sólo quedaba una cosa por hacer, y era que Teppic fuera a sacrificar una gallina ante la estatua de Khuft, el fundador de Djelibeibi, para que la mano de su antepasado guiara sus pasos por el gran mundo. La gallina era bastante pequeña, y cuando Khuft hubo terminado con ella pasó a convertirse en el almuerzo del rey.
La verdad es que Djelibeibi era un reino muy pequeño bastante absorto en sí mismo, e incluso sus plagas dejaban bastante que desear. Todo reino con río que se respete un poco a sí mismo sufre terribles plagas sobrenaturales, pero la más pavorosa que el Viejo Reino había conseguido escenificar durante los últimos cien años fue la Plaga de la Rana.
Teppic se acordó de la bolsita de cuero esa tarde cuando ya habían dejado bastante atrás el delta del Djel y empezaban a cruzar el Mar Circular en dirección a Ankh-Morpork. La sacó del bolsillo, examinó su contenido y acabó pensando que expresaba tanto amor como la actitud ante la vida típica de su padre. La bolsita contenía un corcho, media pastilla de jabón, una minúscula moneda de bronce tan gastada que no había forma de averiguar cuál era su valor y una sardina de extremada ancianidad.
Es un hecho bien sabido que cuando estás a punto de morir tus sentidos adquieren una agudeza increíble, y siempre se ha creído que esa agudización de los sentidos tiene como objetivo permitir que su poseedor detecte cualquier posible salida a su apurada situación actual que no sea la obvia de morirse.
Esa creencia es falsa. El fenómeno es un ejemplo clásico de actividad de desplazamiento. Los sentidos se concentran desesperadamente en cualquier cosa que pueda hacerles olvidar el problema más inmediato —en el caso de Teppic escogieron un adoquinado de considerables dimensiones que estaba a unos nueve metros de él, pero que se aproximaba rápidamente—, con la esperanza de que éste se esfumará si dejan de prestarle atención.
