—Oh. Bien. Esto…

Su Majestad dio unas cuantas palmaditas más sobre el hombro de su hijo tan distraídamente como el hombre que tamborilea con los dedos sobre su escritorio mientras intenta pensar en lo que dirá a continuación. Su rostro se iluminó de repente como si acabara de tener una idea.

Los sirvientes habían acabado de asegurar el baúl sobre el techo del carruaje y el conductor esperaba pacientemente junto a él manteniendo abierta la puerta.

—Cuando un joven se dispone a aventurarse en el mundo hay… —Su Majestad vaciló—. Hay… Eh… Bueno, ese joven debe recordar que… Lo importante es que el mundo es muy grande, y que tiene toda clase de… Y, naturalmente, eso resulta especialmente importante en la ciudad, donde hay muchos… eh… adicionales que…

Se quedó callado y movió una mano de un lado a otro como si hubiese olvidado lo que quería decir.

Teppic cogió la mano que oscilaba delante de él y la apretó suavemente.

—No te preocupes, padre —dijo—. El gran sacerdote… Dios me ha explicado todo lo que he de saber para no quedarme ciego, y también me ha dicho que debo bañarme con regularidad.

Su padre parpadeó y le contempló sin decir nada.

—No te estarás quedando ciego, ¿verdad? —preguntó por fin.

—Parece que no, padre.

—Oh. Bien. Estupendo —dijo el faraón—. Estupendo, realmente estupendo… Eso sí que es una buena noticia.

—Creo que será mejor que suba al carruaje, padre. Si me entretengo un poco más perderé la marea.

Su Majestad asintió y empezó a darse palmaditas en los bolsillos.

—Había algo que… —murmuró.

Logró encontrar lo que buscaba —una bolsita de cuero—, la metió en un bolsillo de Teppic e intentó repetir la rutina de la mano en el hombro.

—No es nada, no es nada, no me lo agradezcas —murmuró—. Y no se lo digas a tu tía… Oh, claro, tampoco podrías. Ha ido a acostarse un rato. Esto ha sido terrible para ella.



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