
El gran río había quedado reducido a un rezumar de algo parecido a la lava que iba desde Ankh, la parte más elegante y con mejor reputación de la ciudad, hasta Morpork, la parte de la ciudad que se encontraba en la orilla opuesta. Morpork no era elegante y no tenía prácticamente ninguna reputación. Morpork parecía un cruce entre una ciudad y un pozo de brea, y no había mucho que se pudiera hacer para empeorarla. Un impacto directo de meteorito, por ejemplo, habría sido considerado como un enérgico y astuto intento de mejora urbana.
La mayor parte del río se había convertido en una corteza de barro agrietado. El sol parecía un gigantesco gong de cobre clavado en el cielo. El calor que había secado el río freía a la ciudad durante el día y la horneaba durante la noche. Los viejos maderos se retorcían, y la red de ciénagas tradicionalmente usada como calles se resecaba dejando escapar nubes asfixiantes de polvo color ocre.
No era el clima más adecuado para Ankh-Morpork, una ciudad de temperamento algo sombrío que se sentía mucho más a gusto rodeada de neblinas, goteras, ráfagas de aire frío y sigilosos deslizamientos en la oscuridad. Ankh-Morpork jadeaba en el centro del tostadero formado por las llanuras consumiéndose como un sapo colocado encima de un ladrillo que llevara horas calentándose al fuego. El calor resultaba asfixiante incluso cuando faltaba poco para la medianoche —como ahora—, y el manto de terciopelo chamuscado del verano flotaba sobre las calles agarrando a la atmósfera por la garganta y estrujándola hasta dejarla sin aliento.
Una ventana se abrió en la fachada norte de la Casa del Gremio de los Asesinos girando sobre sus bisagras con un chasquido casi imperceptible.
Teppic —quien se había librado de algunas de sus armas más pesadas, cosa que hizo con considerable reluctancia— tragó una honda bocanada de aquel aire abrasador y estancado.
Por fin…
