Teppic pensó que la voz sonaba un poco extraña, pero siguió mirando hacia adelante. Mericet surgió de la nada delante de él y se quitó la capa de polvo gris que cubría sus huesudas facciones. Extrajo un trozo de tubería de su boca, lo arrojó a un lado, metió una mano dentro de su jubón y sacó una tablilla de anotaciones. Iba tan abrigado como si estuvieran en pleno invierno. Mericet era de la clase de personas que es capaz de congelarse incluso estando en el interior de un volcán.

—Ah… —dijo, y su voz goteaba desaprobación—. El señor Teppic, ¿eh? Bien, bien.

—Hace una noche excelente, señor —dijo Teppic. El examinador replicó con una mirada gélida que parecía sugerir que cualquier tipo de observación sobre el clima sería recompensada automáticamente sustrayendo un punto de la calificación e hizo una anotación en su tablilla.

—Empezaremos con unas cuantas preguntas —dijo.

—Como desee, señor.

—¿Cuál es la longitud máxima permitida en un cuchillo de lanzamiento? —preguntó Mericet.

Teppic cerró los ojos. Durante la última semana no había leído nada que no fuese el Vertebrato. Podía ver la página ahora mismo flotando delante de la parte interior de sus párpados, pero las líneas borrosas del texto parecían burlarse de él. Los compañeros de clase que se las daban de enterados le habían asegurado que los examinadores jamás hacían preguntas sobre longitudes y pesos. «Suponen que te aprenderás de memoria las longitudes, los pesos y las distancias de lanzamiento, pero nunca…»

El terror le atravesó el cerebro como si fuese un alambre al rojo vivo y pateó despiadadamente su memoria haciendo que se pusiera en funcionamiento. Teppic vio la página con toda claridad.

—La longitud máxima de un cuchillo de lanzamiento puede ser de diez dedos o de doce si está lloviendo —recitó—. La distancia de lanzamiento…

—Nombre tres venenos que puedan ser administrados a través del oído.



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