
Teppic dejó atrás el parapeto adornado con multitud de tallas que se alzaba cuatro pisos por encima de la Calle de la Filigrana cuando los gongs empezaban a resonar por toda Ankh-Morpork anunciando la llegada de la medianoche. Su corazón latía a gran velocidad.
Había una silueta delineada contra el telón de fondo de los últimos residuos de claridad dejados por el ocaso. Teppic se quedó inmóvil junto a una gárgola particularmente repulsiva para hacer un rápido examen de sus opciones.
Los rumores más sólidos que circulaban entre los estudiantes afirmaban que inhumar al examinador antes de que empezara el examen equivalía a obtener un aprobado automático. Teppic sacó un cuchillo Número Tres de su vaina y lo sopesó con expresión pensativa. Naturalmente, cualquier intentona o movimiento cuya intención declarada fuese la eliminación del examinador provocaría un suspenso igualmente automático y la pérdida de todos los privilegios docentes.
La silueta no podía estar más inmóvil. Los ojos de Teppic se desplazaron hacia el laberinto de chimeneas, gárgolas, conductos de ventilación, puentes y escaleras que componían el decorado de los tejados de AnkhMorpork.
«Claro —pensó—. Es un muñeco. Se supone que lo atacaré y eso quiere decir que él me está observando desde algún sitio… ¿Podré localizarle? No. Por otra parte, quizá se supone que pensaré que es un muñeco, a menos que él ya haya pensado que yo pensaré que…»
Descubrió que sus dedos habían empezado a tamborilear sobre la gárgola y se apresuró a ordenarles que se estuvieran quietos. ¿Cuál era el curso de acción más prudente en su situación actual?
Un grupo de juerguistas atravesó con paso tambaleante un charco de luz en la calle, cuatro pisos por debajo de donde estaba Teppic.
Teppic guardó el cuchillo en la vaina y se irguió.
—Señor… —dijo—. Estoy aquí.
—Muy bien —murmuró secamente una voz junto a su oreja.
