
Kane se quedó mirando a las dos mujeres. ¿Qué estaba pasando? ¿Cuándo había perdido el control de la situación… y de su vida?
– Voy a mirar para ver dónde lo ponemos -declaró Marina poniéndose en pie. Luego, le quitó el cajón a Kane-. Creo que necesitas unos minutos para recuperarte, has tenido muchas sorpresas esta mañana.
Kane la vio salir al pasillo.
– ¿Tienes un recogedor? -le preguntó Willow-. Será mejor que pongas uno al lado del cajón y también papel higiénico.
Kane iba a preguntar para qué, pero se contuvo. Sí, la caja era, fundamentalmente, el cuarto de baño de un gato.
– Supongo que la gata sabrá utilizar todo eso, ¿no? -preguntó él mirando a la gata.
– Sí, claro. Lo único que tenemos que hacer es indicarle dónde está.
Marina regresó sin la caja.
– Lo he dejado en el baño de la habitación de invitados -se acercó a su hermana y se agachó para hablarle en tono confidencial-. No parece que tenga novia, es prometedor.
Kane se enfadó.
– Estoy aquí y no soy sordo.
Willow le sonrió.
– Ya lo sabemos.
– No parece un mal tipo -continuó Marina-. Pero dada tu experiencia con los hombres…
– Es verdad -respondió Willow con tristeza-. Pero quizá éste sea diferente.
– Sigo aquí -anunció Kane.
– Podrías ir a dar de comer a la gata -le dijo Willow-. Estarás mejor en la cocina mientras nosotras hablamos de ti a tus espaldas.
En cierto modo, por loco que pareciese, tenía sentido. Kane se marchó a la cocina, preguntándose qué había pasado. Al principio de aquella mañana todo había sido normal. Luego, lo habían invadido. Había gente en su casa y él no era dado a la gente.
Examinó el contenido de las bolsas. Había comida de gato y tres cuencos. La gata entró precipitadamente en la cocina y empezó a merodear. Se lanzó a la comida en el momento en que él vertió el contenido de una lata en un cuenco.
