
Se felicitó a sí misma. Si Todd estaba allí, lo encontraría. Una vez que lo encontrara, le gritaría y se sentiría mucho mejor.
Cruzó el amplio vestíbulo corriendo, el gigante siguiéndole los pasos. Después, aún corriendo, atravesó enormes estancias de altos techos. Aquel lugar parecía más un museo que una casa, pensó Willow mientras cruzaba lo que parecía un estudio para luego salir a un largo pasillo. Oyó al hombre de la pistola a sus espaldas. Estaba casi segura de que no le dispararía; pero, por si acaso, corrió en zigzag y se mantuvo cerca de las paredes.
– Todd -gritó mientras corría-. Todd, ¿estás en casa? Sal de donde estés, sinvergüenza. No tienes derecho a destrozar la vida de nadie. Deberías saber que no tienes derecho a eso.
Quizá no fueran las palabras adecuadas para asustarlo, pero no se le ocurría otra cosa.
Oyó pasos cerca de ella y su enfado le confirió más velocidad. Desgraciadamente, acabó en una habitación sin otra salida.
El pánico le dio energía. Se dio media vuelta rápidamente en busca de otra puerta, una ventana, cualquier cosa. Cuando vio unas enormes cortinas que iban del techo al suelo, se dirigió hacia allí a toda prisa.
¡Victoria! Unas puertas dobles daban a un patio tan grande como su escuela primaria entera. Salió fuera y miró a su alrededor.
El jardín era impresionante. El patio conducía a unas escaleras que daban a un jardín que le recordó a Versalles. Más allá había una arboleda.
¿Acaso Todd no sabía que vivía en mitad de Los Ángeles?
– Pare -le gritó el de la pistola cuando salió de la casa-. ¡Pare o la obligaré yo a parar!
Desgraciadamente, ahí fuera, su persecutor le llevaba ventaja; principalmente, porque tenía las piernas mucho más largas que ella. Por eso, unido a que Willow practicaba el deporte sólo de vez en cuando, él le ganó terreno rápidamente.
Willow trató que la indignación que sentía le confiriese más velocidad, pero no ocurrió así. Se había quedado casi sin aliento y empezó a darse por vencida.
