
– Voy a luchar mientras me quede una gota de vida -jadeó ella mientras corría lo que podía en dirección a los árboles.
Sólo tenía posibilidad de escapar allí, en la arboleda. En cuanto a lo de la gota de vida… tenía tendencia a dramatizar.
Sintió una mano de él tocarle el hombro y giró a la izquierda, justo donde las raíces de un árbol sobresalían sobre unas hierbas. Se tropezó, perdió el equilibrio y empezó a caerse.
Mientras caía, ocurrieron varias cosas simultáneamente. Sintió una aguda punzada de dolor en el tobillo izquierdo, vio algo gris y blanco y peludo dentro de una cavidad en la base del árbol, y sintió algo pesado en la espalda.
Cuando acabó en el suelo, casi se quedó sin respiración y, de repente, sus ojos vieron sólo luces intermitentes y cegadoras.
Cuando volvió a recuperar la consciencia, se dio cuenta de que alguien la estaba girando hasta tumbarla boca arriba y le estaba diciendo que respirase.
¿Qué respirase? No podía respirar. ¡Cielos, no quería morir allí! Y menos en ese momento y de esa manera.
– Respire -repitió el hombre-. No se preocupe, no le ha pasado nada.
¿Cómo lo sabía ese hombre? ¿Cómo podía estar seguro?
Willow abrió la boca y tomó aire. El aire le llenó los pulmones. Repitió la operación hasta que las luces se desvanecieron y pudo volver a ver lo que la rodeaba.
El tipo de la pistola estaba sentado a su lado. Se había quitado la chaqueta. Lo mejor era que podía verle los músculos y eran realmente impresionantes. Lo malo era que también podía ver la pistola a la perfección.
– ¿Quién es usted? -preguntó él-. ¿Una ex novia agraviada? Conozco a casi todas, pero alguna que otra se me pasa…
Willow incorporó el tronco hasta quedar apoyada en un codo.
– ¿Una ex novia? No, de ninguna manera. No saldría con Todd aunque de ello dependiera la vida del planeta. Bueno, quizá, si pudiera salvar alguna especie en peligro de extinción. Todos tenemos que poner nuestro granito de arena. Es imperativo que nos demos cuenta de que, para salvar el planeta, necesitamos hacer ciertas cosas.
