
– Qué curioso que la gente tenga planes un viernes por la noche -dije.
Mónica se quedó mirándome sin saber si bromeaba o no.
Catherine me lanzó una mirada de advertencia. Les dediqué a ambas mi mejor sonrisa inocente. Mónica me la devolvió; Catherine no se dejó enredar.
Mónica echó a andar calle abajo, alegre como unas castañuelas borrachas. Y sólo se había tomado dos copas durante la cena. Mala señal.
– Sé amable -susurró Catherine.
– ¿Y ahora qué he hecho?
– Anita… -me dijo con una voz que sonaba como la de mi padre cuando yo volvía a casa demasiado tarde.
– No se te ve muy animada esta noche -dije con un suspiro.
– Pues tengo la intención de animarme mucho -repuso alzando los brazos.
Iba todavía con el traje de oficina, lleno de arrugas. El viento le agitaba el pelo largo y cobrizo. Nunca he sabido si Catherine estaría más guapa si se cortara el pelo para que se le viera bien la cara, o si es el pelo lo que la hace tan atractiva.
– Si tengo que renunciar a una de mis pocas noches libres -añadió-, tengo intención de divertirme… un huevo. -Pronunció las dos últimas palabras como con rabia. Me quedé mirándola.
– No pensarás ponerte ciega de alcohol, ¿verdad?
– Tal vez -dijo. Parecía muy ufana.
Catherine sabía que yo no aprobaba o, mejor dicho, no comprendía que la gente bebiera. A mí no me hacía gracia desinhibirme; si quería desmadrarme, quería controlar hasta qué punto.
Habíamos dejado el coche a dos manzanas, en un aparcamiento. El que tiene alrededor una valla de hierro forjado. No había muchos sitios para aparcar cerca del río; las estrechas calles adoquinadas y las aceras anticuadas del casco antiguo estaban pensadas para caballos, no para automóviles. Una tormenta de verano que había empezado y terminado mientras cenábamos había refrescado las calles. Las primeras estrellas brillaban por encima de nosotras como diamantes cosidos a un paño de terciopelo.
