
Entonces, cuando ya era demasiado tarde, se me ocurrió que podía haber rechazado la invitación. Arg. Pues sí que andaba bien de reflejos. Bueno, tampoco iba a ser tan terrible ver a unas desconocidas ponerse como una cuba. Vamos, que con un poco de suerte, alguna me vomitaría en el coche.
Cuando conseguí volver a dormirme, tuve unos sueños muy raros sobre una mujer a la que no conocía, una tarta de coco y el funeral de Willie McCoy.
Capítulo 3
Mónica Vespucci llevaba una chapa con la inscripción LOS VAMPIROS TAMBIÉN SON PERSONAS. No era un comienzo muy prometedor para la velada. Llevaba una blusa blanca de seda, con cuello alto y volantes que le resaltaba el bronceado de salón de belleza. Tenía el pelo corto y con peinado de estilista, y su maquillaje era perfecto.
La chapa debería haberme dado una pista sobre el tipo de despedida de soltera que había organizado. Pero hay días en los que, simplemente, estoy lela.
Yo llevaba vaqueros negros, botas de caña alta y una blusa granate. Me había arreglado el pelo para que combinara con el atuendo; los rizos negros me caían justo por encima de los hombros. El color marrón oscuro, casi negro, de los ojos me hace juego con el pelo. La piel, demasiado pálida, germánica, contrasta con el moreno latino de todo lo demás. Un ex, muy ex, me describió en una ocasión como una muñequita de porcelana. Creo que lo dijo como un cumplido, pero yo no lo interpreté así. Es uno de los muchos motivos por los que no salgo a menudo con hombres.
Me había puesto una blusa de manga larga, para ocultar la tunda del cuchillo que llevaba en la muñeca derecha y las cicatrices que tengo en el brazo izquierdo. Había dejado la pistola en el maletero. No creía que la despedida fuera a desmadrarse tanto.
– Siento mucho haberlo organizado todo en el último momento, Catherine -dijo Mónica-. Por eso somos sólo tres. Las demás habían hecho planes.
