– Oh, palpad estos músculos -dijo Mónica apretándole el brazo.

Él sonrió, mostrando los colmillos. Catherine jadeó. La sonrisa del vampiro se ensanchó.

– Buzz y yo somos viejos amigos, ¿verdad, Buzz?

¿Buzz? No me podía creer que un vampiro se llamara Zumbido. Sin embargo, él asintió.

– Adelante, Mónica. Tenéis una mesa reservada.

¿Una mesa? ¿Qué enchufe tenía Mónica? El Placeres Prohibidos era el local por excelencia de la movida del Distrito, y nunca admitía reservas.

En la puerta había un gran cartel en el que ponía:

NO SE PERMITEN CRUCES, CRUCIFIJOS NI OTROS ARTÍCULOS SAGRADOS EN EL INTERIOR.

Lo leí y pasé de largo. No tenía ninguna intención de desprenderme de mi crucifijo.

– Anita, es un verdadero placer contar con tu presencia -dijo una voz grave y melodiosa que flotó a nuestro alrededor.

Era la voz de Jean-Claude, propietario del local y maestro vampiro. Tenía el aspecto que se supone que debe tener un vampiro, con el pelo suavemente ondulado que se enredaba en el cuello alto de encaje de una camisa antigua. El encaje le caía también sobre las manos, pálidas y de largos dedos. Llevaba la camisa abierta y mostraba el pecho lampiño y esbelto, enmarcado por más encaje. A prácticamente cualquier hombre le habría quedado fatal una camisa como aquella, pero el vampiro la hacía parecer de lo más masculina.

– ¿Os conocéis? -Mónica parecía sorprendida.

– Desde luego -dijo Jean-Claude-. La señorita Blake y yo hemos coincidido en otras ocasiones.

– He ayudado a la policía en algunos casos que han ocurrido en la Orilla.



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