
– Es su experta en vampiros. -Jean-Claude hizo que la última palabra sonara suave, cálida y vagamente obscena.
Mónica soltó una risita. Catherine miraba fijamente a Jean-Claude con ingenuidad y los ojos muy abiertos. Le toqué el brazo, y ella se sobresaltó como si despertara de un sueño.
– Un consejo importante para tu seguridad: no mires nunca a un vampiro a los ojos. -No me molesté en susurrar; él me habría oído de todos modos.
Ella asintió, y hubo un asomo de miedo en su expresión.
– Jamás le haría daño a una joven tan encantadora. -Jean-Claude tomó la mano de Catherine y se la llevó a los labios. Apenas la rozó, pero Catherine sé sonrojó.
También le besó la mano a Mónica. Luego me miró y se echó a reír.
– No te preocupes, mi pequeña reanimadora. No voy a tocarte; sería hacer trampa.
Se acercó a mí. Lo miré fijamente al pecho y vi la cicatriz de una quemadura, casi oculta por el encaje. Tenía forma de cruz. ¿Cuántos decenios habrían transcurrido desde que le pusieron una cruz en el pecho?
– Por el mismo motivo, llevar una cruz te daría una ventaja injusta.
¿Qué podía decirle? En cierto modo, tenía razón.
Era una lástima que no bastara con la forma de la cruz para hacerle daño a un vampiro; si así fuera, Jean-Claude habría tenido serios problemas. Por desgracia, tenía que ser una cruz bendecida y respaldada por la fe. Ver a un ateo blandir una cruz ante un vampiro era un espectáculo patético.
– Anita -pronunció mi nombre como un susurro que me erizó la piel-, ¿qué pretendes?
Tenía una voz increíblemente relajante. Estaba deseando levantar la vista y ver la cara que acompañaba a aquellas palabras. A Jean-Claude lo intrigaban mi inmunidad parcial a sus trucos y la quemadura en forma de cruz de mi brazo. Le parecía una cicatriz muy divertida. Cada vez que nos veíamos, él hacía lo posible por hechizarme, y yo hacía lo imposible por resistirme. Hasta aquel momento había ganado yo.
