
¡Phillip!-susurró Mónica. Todo el público contuvo la respiración. Phillip, Phillip… -Se empezó a oír en un suave murmullo, que se elevó a nuestro alrededor en la oscuridad como una plegaria.
Las luces se encendieron paulatinamente, como al final de una película. Había un hombre de pie en el centro del escenario. Una camiseta blanca le ceñía el torso; no era muy musculoso, pero tenía lo suyo. Lo bueno, si breve… Una chupa de cuero negro, unos vaqueros ajustados y unas botas completaban el atuendo. La melena castaña le llegaba por los hombros. Un guaperas de los que una se cruza por la calle, vamos.
La silenciosa penumbra se llenó de música. El hombre movía levemente las caderas siguiendo el ritmo. Empezó a despojarse de la chaqueta de cuero casi a cámara lenta. La suave música empezó a acelerarse, con un compás que su cuerpo compartía y seguía con cada movimiento. La chaqueta cayó al escenario. Phillip se quedó un instante mirando al público, dejándonos ver lo que había que ver. Tenía cicatrices en el interior de los dos codos, hasta el punto de que la piel había formado bultos blancos.
Tragué saliva. No sabía muy bien qué iba a pasar, pero estaba segura de que no me gustaría.
Se apartó el pelo de la cara con las dos manos. Recorrió el borde del escenario contoneándose, se detuvo cerca de nuestra mesa y se quedó mirándonos. Su cuello parecía el de un yonqui.
Tuve que apartar la vista. Todas esas marcas de mordiscos, y de cicatrices pequeñas y nítidas… Levanté la vista y vi que Catherine miraba hacia el suelo. Mónica estaba echada hacia delante en la silla, con los labios entreabiertos.
Phillip se agarró la camiseta y dio un tirón. La tela se desgarró y le dejó el tórax al descubierto. Exclamaciones entre el público. Varias mujeres gritaron su nombre. Él sonrió. Tenía una sonrisa deslumbrante, tan sexy que hacía la boca agua.
