
Miré a Catherine, al otro lado de la mesa. Los estaba observando completamente estupefacta.
El público había enloquecido; gritaba y agitaba el dinero. Phillip se apartó de Mónica y avanzó hacia otra mesa. Mónica se desplomó hacia delante, con la cabeza en las rodillas y los brazos laxos a los lados.
¿Se había desmayado? Alargué un brazo para tocarla y me di cuenta de que no me apetecía. La agarré suavemente por el hombro. Se movió y giró la cabeza para mirarme. En sus ojos se reflejaba la plenitud relajada que sólo daba el sexo. Tenía los labios pálidos, ya casi sin carmín. No se había desmayado; estaba disfrutando de la intensidad de la experiencia.
Aparté la mano y me la froté en el pantalón; la tenía pringada de sudor.
Phillip había vuelto al escenario. Había dejado de bailar. Simplemente estaba allí de pie. Mónica le había dejado una marca pequeña y redonda en el cuello.
Sentí los primeros indicios de la presencia de una mente antigua que flotaba sobre el público.
– ¿Qué pasa? -preguntó Catherine.
– Tranquila -dijo Mónica. Estaba erguida en la silla, todavía con los ojos entrecerrados. Se lamió los labios y se estiró, levantando los brazos por encima de la cabeza.
– ¿Qué pasa? -preguntó Catherine volviéndose hacia mí.
– Un vampiro -dije.
Le vi un destello de miedo en la cara, pero no duró mucho. Observé cómo desaparecía el temor bajo el peso de la mente del vampiro. Se volvió lentamente para mirar a Phillip, que seguía esperando en el escenario. Catherine no corría peligro. Aquella hipnosis colectiva no era personal ni permanente.
