
El vampiro no tenía tantos años como Jean-Claude, ni era tan bueno. Me quedé clavada en el asiento, mientras sentía la presión y el fluir de más de cien años de poder, pero no era suficiente. Noté cómo se movía entre las mesas. Se tomaba muchas molestias para procurar que los pobres humanos no lo viéramos llegar. Pretendía que tuviéramos la impresión de que aparecía ante nosotros como por arte de magia.
La oportunidad de sorprender a un vampiro no se presenta con frecuencia. Me volví para mirarlo caminar hacia el escenario. Todos los rostros humanos estaban en trance, expectantes y mirando ciegamente al frente. El vampiro era alto; tenía los pómulos muy marcados y un cuerpo sublime, escultural. Era demasiado masculino para ser guapo y demasiado perfecto para ser real.
Avanzaba ataviado con el atuendo arquetípico de los vampiros: esmoquin negro y guantes blancos. Se detuvo cerca de mí y se quedó mirándome. Tenía al público en el bolsillo, indefenso y expectante. Pero allí estaba yo, observándolo fijamente, aunque sin mirarlo a los ojos.
Se le tensó el cuerpo por la sorpresa. No hay nada como incomodar a un vampiro de cien años para subirle la moral a una chica.
Miré más allá y vi a Jean-Claude. Me estaba observando. Lo saludé con el vaso. -Él-me devolvió el saludo con una inclinación de cabeza.
El vampiro alto estaba junto a Phillip, que tenía la mirada tan perdida como el resto de los humanos. El hechizo, o lo que fuera, se desvaneció. Con un pensamiento, el vampiro despertó al público, y todos se sobresaltaron. Magia. La voz de Jean-Claude interrumpió el silencio.
– Os presento a Robert. Démosle la bienvenida a nuestro escenario.
La multitud enloqueció entre aplausos y gritos. Catherine aplaudía, como todos los demás. Al parecer, estaba impresionada.
La música volvió a cambiar; latía y vibraba en el aire, tan alta que casi hacía daño. Robert el vampiro empezó a bailar. Se movía con una violencia estudiada, al ritmo de la música. Lanzó los guantes blancos al público, y uno aterrizó a mis pies. Lo dejé allí.
