Estábamos sentados en mi despacho, con el aire acondicionado como sonido de fondo. Las paredes azul celeste que Bert, mi jefe, consideraba relajantes, le daban un aire frío a la habitación.

– ¿Te molesta que fume? -Preguntó.

– Sí -dije-. Mucho.

– Joder, ya veo que no me vas a poner las cosas fáciles.

Lo miré a la cara un instante. Seguía teniendo los ojos marrones. Me pilló, y bajé la vista a la mesa.

Willie se rió con un sonido breve y jadeante. Tampoco le había cambiado la risa.

– Eh, te doy miedo. Mola.

– No es miedo; es precaución.

– No te molestes en negarlo; puedo olerlo casi como si me rozara la cara, la mente… Me tienes miedo porque soy un vampiro.

Me encogí de hombros; ¿qué podía decirle? ¿Cómo mentirle a alguien que huele el miedo?

– ¿A qué has venido, Willie?

– Uf, me muero por un cigarro. -Le empezó a temblar un lado de la boca.

– No sabía que los vampiros tuvieran tics.

Se llevó la mano casi hasta los labios y me sonrió enseñando los colmillos.

– Hay cosas que no cambian.

Tuve ganas de preguntarle: «¿Y qué cambia? ¿Qué se siente al estar muerto?». Conocía a más vampiros, pero Willie era el primero al que había tratado antes y después de la conversión. Se me hacía raro.

– ¿Qué quieres?

– Contratar tus servicios. Y pagarlos, claro.

Lo miré evitando los ojos. La luz le centelleó en el alfiler de corbata; era de oro auténtico. Antes, Willie no tenía cosas así. No le iba nada mal para estar muerto.

– Me dedico a levantar muertos. Eres un vampiro, Willie, ¿para qué quieres un zombi?

– No. -Sacudió la cabeza con dos movimientos rápidos hacia los lados-; nada de vudú. Quiero que investigues unos asesinatos.

– No soy detective privada.

– Ya, pero tenéis una en la agencia.

– Puedes contratar directamente a la señora Sims. No me necesitas de intermediaria.



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