– Pero ella no sabe de vampiros tanto como tú. -De nuevo aquella inquietante sacudida de cabeza.

– Al grano, Willie. Suspiré y le eché una ojeada al reloj de la pared-. Tengo que largarme dentro de quince minutos. No me gusta hacer esperar a los clientes cuando están solos en el cementerio; suelen ponerse nerviosos.

Se rió. A pesar de los colmillos, algo en aquella risa burlona me resultó tranquilizador. Aunque bien pensado, los vampiros deberían tener una risa profunda y melodiosa.

No me extraña. No me extraña nada. -Su semblante se volvió adusto de golpe, como si el dibujante le hubiera borrado la risa.

Sentí el miedo como un puñetazo en la boca del estómago. Los vampiros podían cambiar de expresión como si pulsaran un interruptor. Si Willie era capaz de hacer algo así, ¿qué más trucos escondería en la manga?

– ¿Sabes lo de los asesinatos de vampiros en el Distrito?

Lo había planteado como una pregunta, así que respondí.

– Estoy al tanto. Habían hecho una carnicería con cuatro vampiros en la nueva zona de marcha; aparecieron con el corazón arrancado y la cabeza cortada.

– ¿Aún trabajas con la poli?

– Sigo ayudando a la nueva brigada especial.

– Ah, sí, la Santa Compaña -dijo, volviendo a reír-. Con un presupuesto de pena y personal insuficiente, claro.

– Acabas de describir la mayor parte de las brigadas policiales de esta ciudad.

– Ya, pero a los polis les pasa lo mismo que a ti, Anita. ¿Qué coño os importa que haya un vampiro más o menos? Ninguna ley nueva va a cambiar eso.

Sólo habían pasado dos años desde el caso de Addison contra Clark. Aquel juicio nos había cambiado la forma de ver en qué consistía la vida y en qué no consistía la muerte. En los Estados Unidos se había legalizado el vampirismo. El nuestro era uno de los pocos países que reconocían los derechos de los no muertos. En las fronteras las pasaban canutas tratando de impedir la inmigración de vampiros extranjeros en… bueno, en bandadas.



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