
El vampiro miró al público y siseó, y sus colmillos relucieron bajo los focos. El siseo convirtió su hermoso rostro en algo bestial. Su apetito atravesó la multitud. Era un deseo tan intenso que sentí retortijones.
No; no quería compartir la sensación con él. Me clavé las uñas en la palma de la mano y me concentré. La sensación se desvaneció. El dolor ayudaba. Abrí los dedos, que me temblaban, y encontré cuatro semicírculos que se llenaron de sangre lentamente. El deseo latía a mí alrededor y se apoderaba del público, pero de mí no. De mí, no.
Me apreté una servilleta contra la mano e intenté pasar desapercibida. El vampiro echó la cabeza hacia atrás.
– No -susurré.
El vampiro atacó: clavó los dientes en la carne de Phillip, cuyo grito resonó en el local. La música cesó bruscamente. Todos se quedaron paralizados. Se habría oído caer un alfiler.
El silencio se llenó de sonidos de succión, tenues y húmedos. Phillip empezó a gemir. Una y otra vez, sonidos guturales de impotencia.
Miré al público. Todo el mundo estaba con el vampiro, compartía su deseo y su necesidad, sentía cómo comía. Puede que también compartiera el terror de Phillip. Era difícil saberlo. Yo me mantenía al margen, cosa que me alegraba lo indecible.
El vampiro se incorporó y dejó caer a Phillip, inerte, en el escenario. Me puse en pie sin querer. La espalda cubierta de cicatrices del hombre se convulsionó con un profundo estertor, como si estuviera resistiéndose a morir. Y puede que así fuera.
Estaba vivo. Volví a sentarme. Me temblaban las rodillas. Tenía las manos empapadas de sudor, y me escocían las marcas de las uñas. Estaba vivo y le había gustado. Si alguien me lo hubiera dicho, lo habría llamado mentiroso. No me lo podía creer.
