
– Cógelo -dijo Mónica.
Negué con la cabeza. Una mujer de la mesa de al lado se inclinó hacia mí.
– ¿No lo quieres? -preguntó. El aliento le apestaba a whisky.
Volví a sacudir la cabeza.
Se levantó, supongo que para coger el guante, pero Mónica la ganó por la mano, y la tía se volvió a sentar con aspecto abatido.
El vampiro se había descubierto el torso y mostraba una cantidad considerable de piel tersa. Se dejó caer en el suelo del escenario y empezó a hacer flexiones, apoyándose sólo en las yemas de los dedos. El público había enloquecido. A mí no me impresionó. Sabía que, si quisiera, podría levantar un coche a pulso. ¿Qué son unas flexiones comparadas con algo así?
Empezó a bailar alrededor de Phillip, que se volvió hacia él con los brazos extendidos, ligeramente encogido, como si se preparase para un ataque inminente. Se empezaron a rodear mutuamente. La música bajó, hasta volverse un tenue contrapunto de los movimientos del escenario.
El vampiro empezó a acercarse a Phillip, quien se apartó como si intentara escapar. Pero el vampiro apareció súbitamente ante él y le bloqueó la huida.
Yo tampoco lo había visto moverse. Simplemente, el vampiro había aparecido frente a él. El miedo me arrebató todo el aire del cuerpo con un estallido helado. No había notado el engaño, pero había sucedido.
Jean-Claude estaba dos mesas más allá. Levantó una mano pálida en señal de saludo hacia mí. El muy cabrón se me había metido en la mente, y yo no me había dado cuenta. El público contuvo la respiración, y volví a mirar al escenario.
Los dos estaban arrodillados. El vampiro había inmovilizado a Phillip sujetándole el brazo a la espalda; con la otra mano le agarraba la melena y lo obligaba a doblar el cuello en un ángulo doloroso.
Los ojos de Phillip, muy abiertos, reflejaban terror. El vampiro no lo había hipnotizado. ¡No estaba hipnotizado! Permanecía consciente y estaba asustado. Dios mío. Respiraba con dificultad, y su pecho subía y bajaba en rápidos jadeos.
