– Me tengo que ir, en serio. Muchas gracias por haber recurrido a Reanimators, Inc. -Le dediqué mi mejor sonrisa profesional, tan vacía de significado como una bombilla, pero igual de deslumbrante.

– ¿Y por qué no quieres trabajar para nosotros? -Preguntó deteniéndose en el umbral-. Tendré que dar alguna explicación cuando vuelva.

No estaba segura, pero me pareció que en su voz había algo parecido al temor. ¿Tendría problemas por haber fracasado? Aunque sabía que era una estupidez, me dio pena. Vale, era un no muerto, pero me estaba mirando fijamente y seguía siendo Willie, el de las chaquetas ridículas y las manitas nerviosas.

– Diles, sean quienes sean, que tengo por norma no trabajar para vampiros.

– ¿Y no te saltarías esa norma por nada? -Otra vez aquella manía de hacer que las afirmaciones parecieran preguntas.

– Por nada del mundo.

Le noté un destello en la cara, como si asomara el antiguo Willie. Casi parecía triste.

– Siento que hayas dicho eso, Anita. No les gustan las negativas.

– Pues a mi no me gustan las amenazas. Y estás abusando de mi hospitalidad.

– No es ninguna amenaza, Anita. Es la verdad. -Se arregló la corbata, se ajustó el nuevo alfiler de oro, irguió los hombros y salió.

Cuando se marchó, cerré la puerta y me apoyé en ella. Me temblaban las rodillas. Pero no era un buen momento para quedarme allí sin hacer nada. La señora Grundick ya debía de haber llegado al cementerio. Estaría allí de pie, con su pequeño bolso negro y sus hijos adultos, esperando a que le devolviera a su marido de entre los muertos. Había dejado dos testamentos muy distintos; era un misterio. Le quedaban dos opciones: pasarse años pagando minutas de abogados y costas judiciales, o revivir provisionalmente a Albert Grundick y preguntarle.

En el coche tenía todo lo necesario, hasta los gallos. Me saqué el crucifijo de plata de debajo de la blusa y lo dejé colgar a la vista. Tengo varias pistolas y sé usarlas. Guardo una Browning de nueve milímetros en el cajón de la mesa. Pesa más o menos un kilo, con balas de plata y todo. La plata no mata a los vampiros, pero tiene un efecto disuasorio muy útil: les provoca heridas que se curan muy despacio, a una velocidad casi propia de los humanos. Me sequé el sudor de las manos en la falda y salí.



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