
– La policía se está ocupando del caso -dije, levantándome-, y ya le presto tanta ayuda como puedo. En cierto modo, ya estoy trabajando en el caso; os podéis ahorrar el dinero.
Se quedó sentado mirándome, muy quieto. No era la inmovilidad exánime de los que llevan mucho tiempo muertos, pero casi daba el pego.
El miedo me subió por el espinazo y me llegó a la garganta. Reprimí el impulso de sacar el crucifijo que llevaba debajo de la blusa y echar a Willie del despacho. No sé por qué, pero me parecía poco profesional expulsar a un cliente con un objeto sagrado. Me quedé de pie esperando a que se moviera.
– ¿Por qué no quieres aceptar el caso?
– Tengo otros clientes a los que atender. Siento no poder hacer nada por ti.
– Será que no quieres.
– Como prefieras. -Rodeé la mesa para acompañarlo a la puerta.
Se desplazó con una agilidad que no había tenido nunca, pero lo vi y me aparté de la mano que tendía hacia mí.
– No soy otra mariboba a la que puedas embaucar con tus trucos.
– Me has visto moverme.
– Te he oído. No llevas tanto tiempo muerto. Vampiro o no, te queda mucho por aprender.
Me miraba con el ceño fruncido y la mano aún medio tendida. Puede ser, pero ningún humano habría podido apartarse así.
– Dio un paso en mi dirección hasta casi rozarme con la chaqueta. Frente a frente teníamos casi la misma estatura: ambos éramos bajos. Los ojos le quedaban al mismo nivel que los míos. Me obligué a mantener la mirada fija en su hombro.
Tuve que hacer acopio de valor para no apartarme de él. Pero qué leches; vivo o muerto, era Willie McCoy. No pensaba darle aquella satisfacción.
– No eres más humana que yo -dijo.
Me dirigí a la puerta. No me había apartado de él; me había alejado para abrir. Intenté convencer al sudor que me recorría la espalda de que no era lo mismo. Pero la sensación de frío que tenía en el estómago tampoco se dejaba engañar.
