
Me quedé tumbada un instante, odiándome por no haber conectado el contestador. Si no hacía caso, con un poco de suerte… Al quinto timbrazo me di por vencida.
– ¿Sí?.
– Oh, lo siento. ¿Te he despertado?
Era una voz de mujer que no me sonaba de nada. Como pretendiera venderme algo, se iba a enterar.
– ¿Quién es? -pregunté, parpadeando para enfocar el reloj de la mesilla. Eran las ocho. Había dormido casi dos horas. Alegría.
– Soy Mónica Vespucci -dijo, como si aquello lo explicara todo. Pues no.
– ¿Sí? -Intenté decirlo con tono amable, para animarla a continuar, pero creo que me salió algo parecido a un gruñido.
Oh, vaya. Soy la Mónica que trabaja con Catherine Maison.
Me acurruqué, con el auricular en la mano, y traté de pensar. No se me da muy bien cuando sólo he dormido dos horas. El nombre de Catherine sí que me sonaba: era el de una buena amiga. Es posible que me hubiera mencionado a aquella mujer, pero no habría podido identificarla aunque me fuera la vida en ello.
– Claro, Mónica, sí. ¿Qué quieres? -Mi voz me sonó desagradable hasta a mí- Y lo siento si tengo la voz rara, pero es que he estado trabajando hasta las seis.
– ¿Sólo has dormido dos horas? Dios mío. Me querrás matar.
Me abstuve de contestar. No soy tan maleducada.
– ¿Querías algo, Mónica?
– Sí, claro. Estoy organizando la despedida de soltera de Catherine, pero es una fiesta sorpresa. Ya sabes que se casa el mes que viene.
Hice un gesto de asentimiento.
– Iré a la boda -murmuré al recordar que no podía verme.
– Claro, lo sé. Los vestidos de las damas de honor son preciosos, ¿no crees?
A decir verdad, lo último en lo que me apetecía gastarme ciento veinte dólares era un vestido largo de color rosa con mangas de farol, pero era la boda de Catherine.
– ¿Qué pasa con la fiesta?
– Oh, me estoy yendo por las ramas, ¿verdad? Y tú muerta de sueño…
