Pensé en pegarle un grito para ver si conseguía que abreviara. No: probablemente, se echaría a llorar.

– Por favor, Mónica. ¿Qué quieres?

Bueno, ya sé que te aviso con poco tiempo; es que estaba liadísima. Hace una semana que quería llamarte, pero entre una cosa y otra, me he despistado y…

Me lo creía.

– Continúa.

– La fiesta será esta noche. Como Catherine dice que no bebes, he pensado que podrías conducir.

Me quedé recostada un momento, intentando decidir hasta qué punto cabrearme y si serviría de algo. Quizá, si hubiera estado más despierta, no habría dicho lo que pensaba.

– ¿No te parece que, si querías que condujera, tendrías que haberme avisado un poco antes?

– Lo sé, y te pido mil disculpas. Últimamente ando muy despistada. Catherine dice que sueles librar el viernes o el sábado por la noche. ¿No tendrás libre el viernes de esta semana?

Pues sí, aquel día libraba, aunque no me apetecía nada dedicárselo a la cabeza hueca con la que estaba hablando.

– Sí; tengo la noche libre.

– ¡Estupendo! Te daré la dirección; puedes recogernos después del trabajo. ¿Te viene bien?

– Vale. -No me iba bien, pero ¿qué iba a decir?

– ¿Tienes para apuntar?

– Has dicho que trabajas con Catherine, ¿no? -En realidad, estaba empezando a acordarme de Mónica.

– Sí, claro.

– Ya sé dónde está la oficina. No me hace falta la dirección.

– Ah, claro, qué tonta soy. Entonces, te esperamos sobre las cinco. Arréglate, pero no te pongas tacones. Puede que vayamos a bailar.

– De acuerdo, hasta luego. -Odio bailar.

– Hasta la tarde.

El teléfono quedó mudo. Conecté el contestador automático y acto seguido me hice un ovillo bajo las sábanas. Mónica era compañera de trabajo de Catherine, y eso significaba que era abogada. Era una idea inquietante. Quizá fuera una de esas personas que sólo son organizadas en el trabajo. No, ni de coña.



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